Ya no están los olmos del jardín que se ve desde el salón de mi casa. Los han talado todos. Ayer antes de salir a la calle, me asomé por la ventana para comprobar si llovía, para saber si debía coger una chaqueta vaquera o el abrigo acolchado de invierno, y allí, sin saberlo, los vi por última vez, atravesando el aburrido paisaje urbano, colocados en una larga fila que unía pacíficamente el suelo con el cielo, demostrando que no es tanta la distancia que separa lo uno de lo otro. Se erguían firmes, rectos, intentando disimular los estragos que el paso del tiempo les había causado, y a veces, cuando la meteorología acompañaba, hasta lo conseguían.
La calle se ha quedado inerte. El verde ha dejado paso al gris. Ya no se volverá a oír el silbido de sus hojas quejándose por la extrema violencia de un vendaval, ni se podrá tantear a ojo su fuerza, ni su dirección, habrá que salir al balcón, enfríarse un poco los riñones y sacar una mano para determinar con dificultad lo que antes se podía apreciaba con un simple golpe de vista. Son gestos, miradas, temas de una época ya pasada, que no se volverán a repetir.
No sólo se han llevado los árboles, también se han perdido los pájaros que anidaban entre sus ramas, que se cobijaban en sus acogedores rincones, caliente, secos, donde protegían a sus crías, donde eran invulnerables a agua, viento y fuego, igual que lo era yo al sentarme a leer en el sillón de la ventana, a la sombra que la espesa hojareda que me cuidaba y me resguardaba, que me hacía sentir protegido, fuerte, valiente, aunque sólo tuviera once años y todavía necesitase cada noche el beso de mi madre para poder conciliar un poco de sueño.
Aun están los tocones clavados al suelo, supongo que mañana vendrán a quitarlos. No dejarán ni la tierra en la que se entremezclaban sus raíces, arrasarán con todo. ¿Alguna señal como recuerdo? No, absolutamente nada, son así de despiadados, seguro que si pudieran harían desaparecer hasta las imágenes que de ellos guardo en mi cabeza, menos mal que aun no han sido inventadas las gomas de borrar mentales.
Ahora, cuando unas viejas cortinillas de punto blanco me lo permiten, puedo ver a mi vecina de enfrente; no sé cómo se llama, ni de qué trabaja, es joven, esbelta y muy guapa, aunque aun así sabe a poco, la belleza humana comparada con la natural siempre pierde, es una partida jugada en desventaja, la parte contra el todo.
Supongo que con el tiempo yo también les quitaré protagonismo, dejarán de ser importantes, su ausencia ya no será tan profunda y abandonará el centro de mi pensamiento, espacio que por un tiempo, tengan eso por seguro, ocuparán en exclusiva. Con los días se trasladarán a un lugar más apartado, menos visitado, pero aun así, sea cual sea el cajón de mi memoria en el que decidan instalarse, estoy seguro de que ahí recibirán toda clase de mimos y cuidados y de que ese cajón, al igual que en el que guardo la fotografía de mi abuela fallecida el año pasado, permanecerá a buen recaudo para siempre, o por lo menos, hasta que alguien me guarde a mí en otro.
domingo, 16 de mayo de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
Sin Título
Me puse la chaqueta, me atusé el pelo con la mano y abrí la puerta de mi casa para salir a la calle. Había quedado con Silvia en la puerta de los cuatro perros a las ocho y media, por lo que debía apresurarme si quería llegar puntual. En el ascensor dudé entre ir en metro o a pie, pues el transporte público, aunque era incómodo y sucio, me aseguraba mi presencia en la cafetería a la hora estipulada, en cambio, si me daba un paseo, aunque disfrutaría mucho más de mi viaje, llegaría tarde con total seguridad. Rápidamente, discerní que era mucho mejor marcharme caminando, pues así podría contemplar el triste y a la vez hermoso paisaje urbano, el mismo que tanto odié cuando llegué a la ciudad y que ahora, un par de años después, se había convertido en uno de los lugares por los que más me gustaba deambular en mis caminatas nocturnas. Sin saber cómo ni por qué, esta ciudad ya era tan familiar para mí como la playa de Tenac en la que me crié hasta que cumplí los 11 años. Durante el estimulante trayecto, intenté pensar en alguna excusa para justificar mi tardanza y lo que era peor aun, por qué motivo yo no llevaba nada de dinero encima. Se me ocurrieron varias ideas, todas ellas poco convincentes, por lo que opté por utilizar la estratagema que me salvó el día anterior cuando me reuní con Marta; diría que unos jóvenes vándalos me siguieron mientras caminaba y que en una esquina desierta, por la que no circulaban transeúntes ni vehículos, me amenazaron con una navaja, obligándome a darles todas mis humildes pertenencias. La verdad, es que está historia tan común como inverosímil, siempre me daba buenos resultados, aunque realmente yo creo que nadie la tomó en serio ni una sola de las veces de las que la relaté.
Llegué a la puerta de los cuatro perros, eran casi las...
Llegué a la puerta de los cuatro perros, eran casi las...
miércoles, 5 de mayo de 2010
Al vejo del accidente también le habrían puesto algún supositorio en el hospital, era increíble la forma en que estaban de moda, habría que analizar filosóficamente esa sorprendente reivindicación del ano, su exaltación a segunda boca, a algo que ya no se limita a excretar sino que absorbe y deglute los perfumados aerodinámicos pequeños obuses rosa verde y blanco.
Capítulo 23 Rayuela, Julio Cortázar
Capítulo 23 Rayuela, Julio Cortázar
sábado, 17 de abril de 2010
miércoles, 14 de abril de 2010
Edward Weston

Desde hace algún tiempo, he tenido contacto con las fotografías de Edward Weston y he notado cierta tendencia simplista que encuadra la obra de Weston dentro de lo que en pintura se conoce como abstracción, es decir, la representación de una imagen que no posea un referente real. No entraré en la discusión de si la fotografía toma adecuadamente o no términos de otros ámbitos, principalmente de la pintura. Para ello recomiendo leer "Sobre la fotografía" de Susan Sontag, donde si bien no se detalla completamente una solución final, si se aportan pistas para que cada uno concluya el pensamiento de la forma que le parezca más acorde con su propia ética y entendimiento. Mi deseo es centrarme en la explicación básica de por qué es imposible inscribir a Weston (quien dice Weston, se refiere también a Siskind y en general a todos y cada uno de los fotógrafos profesionales o aficionados de nuestra querida Tierra) bajo el modernista término abstracción o cualquiera de sus derivados. A pesar de no ser partidario de asociar nombres concretos a movimientos artísticos, (que es otra discusión posiblemente más interesante que la aquí mentada) ,aunque sea ésta es la segunda vez que escribo sobre este tema, quiero inmiscuirme en esta problemática y señalar un argumento evidente a los ojos de cualquiera para demostrar así que no hay nada más alejado de la abstracción que la obra de un fotógrafo e intentar aclarar el por qué de este error.
En primer lugar, es necesario definir el término fotografía. La fotografía es una copia de la realidad, una reproducción sobre papel de objetos, personas, paisajes, etc, situados frente al objetivo de la cámara. De hecho, la fotografía es la más fiel reproducción de la realidad que a día de hoy se puede obtener. No entendiéndose como tal, las imágenes retocadas ni los fotomontajes, o lo que es lo mismo, solo admitiendo el concepto cartier-bressonianode fotografía.
La definición de abstracción ha sido esbozada unas líneas atrás, no siendo necesario recalcar nada más, por lo tanto ya debiera resulta evidente que es imposible asociar la idea de abstracción junto a la fotografía, siendo ambos términos ontológicamente opuestos, pues la fotografía tiene como único eje en el que sustentarse la realidad, mientras que la abstracción propone todo lo contrario.
El por qué de este error recae, a mi juicio, en la confusión a la hora de asociar unas características a ciertos movimientos determinados.
Las fotografías de Weston, sobre todo las más conocidas, sirvan de ejemplo las de su colección de frutas y verduras, las de dunas, los paisajes urbanos con tuberías y cables de teléfono y sus desnudos tienen como principales protagonistas las líneas, los volúmenes y las formas.

(No menciono la textura, la composición y la luz porque esas cualidades son (o deberían ser) atribuibles a cualquier buena fotografía, si bien es necesario explicar que en la obra de Weston, la luz a veces no sólo juega un papel fundamental para conseguir una iluminación perfecta de la imagen representada sino que también colabora en la formación de volúmenes y contrastes, contribuyendo así a la belleza que se le atribuye a la fotografía. Este efecto se puede apreciar sobre todo en las representaciones de dunas). Ellos son los que dominan la imagen de principio a fin, perdiendo importancia dentro del marco visual, el referente real representado en la fotografía, lo cual no quiere decir que no se encuentre en la imagen. El referente (pimientos, excusados, torsos desnudos,…) está presente en todo momento, nunca desaperece por mucho que otras características sean las que dominen la escena y sin su desaparición es imposible hablar de abstracción. Podremos adjudicarle numerosos adjetivos que sitúen la fotografía bajo varios movimientos artísticos, muchos, tantos que no podremos ni imaginarlos todos, pero siempre que estos se apoyen en (tomando prestado el término de la pintura) la figuración.

Los protagonistas de las fotografías de Weston, como cualquier lector interesado en el tema que haya llegado a esta línea sabrá, son los mismas que se suelen utilizar para hablar, comentar, criticar o defender las creaciones abstractas del siglo XX, los rombitos del Sr. Mondrian que diría Dalí,

y he aquí donde se produce la confusión.
Si bien, es cierto que en ambos campos coinciden las palabras y los términos utilizados para referirse a ellos, también se debe recordar el distinto origen del que proviene cada manifestación artística, una de la realidad y otra de la irrealidad, para, de esta manera, no acabar cayendo en el error de confundir términos y asociar erróneamente conceptos alejados años luz entre sí.
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